Ya hace dos semanas desde que (disculpadme el spoiler) crucé la meta en Balaguer. Y todavía hoy me sigo asombrando de mi mismo. No me refiero a un asombro prepotente, y pronto veréis que efectivamente no es así, si no a un asombro real, de cuando algo inexplicable e inesperado se presenta ante ti y sin saber por qué te aferras a ello sin encontrar motivo alguno.

Hace dos semanas aprendí mucho, no sólo deportivamente hablando. Pero para que me comprendáis, os empezaré a contar todo lo que pasó.

El sábado 29 de agosto me levanté por la mañana, no muy temprano dado que la prueba era vespertina, y junto con mi familia me puse rumbo a Balaguer. Hacia las 11:45 llegábamos y me encontraba con Ruben, que también participó en el Half. Una vez recogimos dorsales y gorros de natación, nos dirigimos a la salida de la prueba, en un lago situado a unos 10 km de Balaguer. Era la primera vez que competía con las dos transiciones separadas, y era algo que me ponía un poco nervioso. Sin embargo poco duraron los nervios teniendo a Ruben al lado despejando toda duda que tenía. Tras parar para comer, nos dirigimos a montar la primera transición, a falta, más o menos, de una hora para la salida. En ese momento me di cuenta de que no me habían dado el chip, y no tuve más remedio que volver a Balaguer a buscarlo, con lo que perdí prácticamente media hora. El tiempo suficiente para llegar, ponerme el neopreno y meterme en el agua. Nunca antes había nadado en agua dulce, y la sensación fue más bien rara. Echaba incluso de menos el sabor salado del agua del mar. A pesar de ello, me encontré cómodo rápidamente y a los pocos minutos se dio la salida del Half de Balaguer.

Comencé intentando seguir los pies de Ruben, que poco a poco y sumando los participantes que no hacían el nado algo cómodo fui perdiendo. El circuito constaba de dos vueltas a un rectángulo. Al principio me pareció que aquello era muy largo, pero a medida que iba dando brazadas, la sensación era de que iba bien, rápido y los metros pasaban a buen ritmo. Intenté colocarme tras otros pies que encontré y a cosa no fue mal. Al final salí del agua en unos 42 minutos, bastante más de lo que me habría gustado, pero dada la gente que tenía todavía por detrás y lo duro que venía por delante, no me desesperé, sabía que aquel día iba a ser largo. Me quité el neopreno, y sin demasiada prisa me preparé para salir en bicicleta.

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Sabía que el sector ciclista iba a ser duro, me lo habían comentado e iba mentalmente preparado para sufrir, pero creo que las previsiones no fueron suficientes. Me lo tomé como un paseo de 90 km, no podía sobrepasar los límites y acabar pagándolo después en la carrera a pie. Así que rodando bien en los llanos y con el molinillo en las pendientes, fui perdiendo posiciones sin importarme demasiado con la cabeza pensando en las grandes subidas que me esperaban. Poco a poco, me atrevería a decir que demasiado poco a poco, los km fueron pasando y cada vez me acercaba más a la mitad del circuito, iba tomando los geles y barritas correspondientes, y no me adelantaban muchos participantes (tal vez no quedaran muchos ya tras de mi). Tras subir y bajar dos veces el Port d’Àger me encontré con Ruben, a lo que me extrañé por verlo tan atrás. Al parecer él llevaba 20 km más que yo, y es que un poco más adelante se desviaba la carretera para hacer una vuelta de 20 km. Tras desearle ánimos de cara al final de carrera y perderlo de vista empezó el verdadero sufrimiento. El sol estaba cada vez más bajo, la sombra cubría lo que hacía unas horas estaba bañado por la luz del sol, y todavía me esperaban algunas rampas imposibles. Me costó mucho no subir excesivamente las pulsaciones y mantenerlas dentro del rango objetivo. Así que casi sin ver a ningún otro corredor, y con el sol casi a punto de desaparecer llegué a la T2, solté la bicicleta y casi 4 horas y media después, volví a poner los pies en el suelo.

La segunda transición fue dura, no me sentía muy bien físicamente. El cansancio estaba dejando sus mensajes y no tenía ninguna idea de cómo iban a reaccionas las piernas y la mente a los 21 km de carrera a pie que restaban por delante. Tenía la esperanza de que la historia cambiase un poco, de sentirme cómodo corriendo, y de ser capaz de encontrar un ritmo que me permitiera cubrir la distancia en 2 horas o algo menos. Pero nada más lejos de la realidad. Salí de boxes con ganas, ilusionado, e intentando controlar el ritmo que él sólo pretendía ser demasiado rápido. Aguanté bien cerca de 2 km, a un ritmo que me sorprendió. Pero a partir de entonces y hasta el 5-6 las piernas dijeron basta y las cosas se ponían feas. Los segundos se iban sumando a mi ritmo actual, y me parecía demasiado pronto para ello, todavía faltaba mucho y de ser así como tenía que sobrellevar lo que quedaba de carrera lo iba a pasar mal.

Como cabía esperar la cosa no fue a mejor, a los pocos km entré de lleno en los 6 minutos/km y la necesidad de parar a andar durante unos metros se agigantaba. Una vez pasada la primera vuelta, y ya prácticamente de noche, se hundió lo único que faltaba por hundirse. La cabeza. Todavía faltaban algo más de 2, y se hacían muy largas, en la mente cada vuelta representaba un sobreesfuerzo monumental, inalcanzable, y fue entonces cuando me puse a negociar. Llevaba ya más de 6 horas de carrera, había llegado hasta allí, pero si en ese preciso momento me rendía, si en ese preciso momento decía basta, esas 6 horas no habrían servido para nada. Es más, en lugar de quedar el resultado neutro, hubiera acabado debiendo. Era consciente de que Balaguer me estaba a punto de ganar, no estaba preparado para todo aquello, y si abandonaba iba a significar una gran espina que se quedaría clavada. Una espina que debería volver para quitarme. Y no estaba dispuesto a volver a ese infierno, después de todo lo que había sufrido ya sólo faltaba correr un poco más y terminar, como fuera, pero terminar. Y así fue, poco a poco, fueron pasando las vueltas, me iba quedando sólo, y la noche era cada vez más y más oscura.

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Finalmente, y tras 7:42h de sufrimiento extremo logré llegar a meta, en penúltima posición. Jamás una posición tan mala había tenido un sabor tan bueno. El último llegó apenas 20 segundos más tarde. Pero los que no llegaron… Esos fueron muchos. Exactamente 43 participantes de 226 que tomamos la salida, fueron los que abandonaron. No fueron capaces, por los motivos que fueran, de llegar a meta, y yo lo había conseguido.

Todavía hoy hay gente que pregunta qué sacamos de todo esto los participantes que sufrimos de esta manera para llegar los últimos. Hay gente que no lo entiende, es incapaz de comprender como cruzamos el arco de meta con una sonrisa en la cara, llena de felicidad. Y lo más sorprendente es que todavía hoy, hay gente a la que escuchar que todo esto es por superación personal y orgullo propio se queden perplejos, como pensando: pues vaya recompensa tan insignificante. Personalmente no creo que haya muchas cosas en mi vida por ahora que me aporte tanta adrenalina, tanta felicidad y tanto orgullo propio que hacer esto. De vez en cuando pienso que hay gente, a la que le convendría encontrar algo así. Algo por lo que vale la pena vivir.

Después de todo, y ya tras unos días de reposo y recuperación, he cambiado mi punto de vista. Y alejando la idea de no volver jamás a Balaguer, se me empieza a acercar la de marcar Balaguer 2016 como el reto del año, la culminación de todo. Con ganas de hacer mucho mejor que hace dos semanas, y con ganas de disfrutar todavía más.